FERNANDO LUGO: EN EL NOMBRE DE DIOS
Yuriria Sierra
En el nombre de Dios
Golpes, castigos, ultrajes y torturas. La religión malentendida y que durante años ha sido archivada en el fondo de la misma historia y se va revelando a hurtadillas. Esa historia suya, enriquecida por ellos, los autoproclamados voceros de Dios, evangelizadores a conveniencia, predicadores a disgusto y jueces por mandato.
La Iglesia católica ha pretendido limpiar conciencias usando paños aún más enlodados y ha querido juzgar con una fuerza que creen que no debe usarse en su contra, a pesar de tener un pasado lleno de crímenes que en nombre de Dios han perpetrado.
El celo religioso, que ha llenado a la sociedad de una moral soberbia y ridícula, es el responsable de que los hechos que se divulgan, cada vez con más frecuencia y mayor precisión en los detalles, y que tienen a los miembros de estos grupos como culpables, pongan a sus seguidores entre la espada y la pared.
¿Qué autoridad queda, cuando cada día se hace más gorda su hemeroteca con las historias de abusos que salen a la luz? ¿Qué dice Benedicto XVI del pasado “endémico” de la institución a la cual representa?
Asustados de las guerras, los holocaustos y las injusticias sociales, incluso de la misma humanidad y su diversidad, señalan soberbios errores y abusan de las debilidades, dan un paso a su favor y al mismo tiempo cinco en contra. Vestir de negro, no por disciplina, sino por uso perfecto de un disfraz, les equivale a pintar su búnker de autoridad.
Irlanda o México. Uno o mil 60 casos. En 2009 o en 1930. Bajo ninguna justificación caben los abusos cometidos por quienes se han encargado de repartir misericordia y, lo sabemos ahora, también de canjearla por susurros, miedo y manos atadas de infantes que tuvieron que aprender a vivir bajo las sombras.
No pueden ya juzgar a quienes ahora deben darles misericordia; menos aún deben pensar en la autoridad impermeable de la que han querido disfrutar para así pasar por alto ante quienes se encargan de impartir justicia de un modo menos celestial.
Lo revelado ayer por la Comisión de Investigación de Abusos a Niños en Irlanda nos revuelve el estómago de nuevo. Tantos casos, tantos años, tanto daño. ¿Cómo puede la Iglesia católica descalificar estilos de vida cuando su conciencia guarda ejemplos que mandan al carajo los mandamientos escritos a precisión para que se queden en la memoria de quienes los ven como representación divina?
Que afortunadamente no lo son todos, pero, hablando de la búsqueda más profunda de la perfección de la humanidad, ellos deberían ser todos. Algunos de esos representantes, como el cardenal Sean Brody, que rompe con la tradición de silencio y es capaz de ofrecer disculpas, que no alcanzan, pero sí se reconocen, en nombre de su gremio y por los crímenes que sus compañeros han cometido. Algo así como una muestra de la benevolencia que han querido profesar. Algo que nunca estará de más, es lo menos de quienes profesan con gusto la culpa y el arrepentimiento.
Porque también los hay, y son los evidenciados en estos casos, quienes malentienden lo que predican. Los casos de abusos y pedofilia nunca deben hacer ver a los sacerdotes más humanos ante sus feligreses para que, así, entre más humanos los vean, más los acepten como lo dijo el secretario general del Episcopado Mexicano, Leopoldo González González, acerca de los casos de pederastia y los de pornografía infantil destapados hace poco en nuestro país.
Porque si ellos no se encargan de limpiar su institución, ¿quién dará misericordia a quienes aún creen en ellos?
Addendum: Y hablando de justicia celestial y misericordia, a quien parece que se le hizo de nuevo el milagro es a Ricardo Monreal. Para cerrar el día, ayer la PGR lo deslindó de las toneladas de mariguana encontradas en la propiedad de su hermano... ¿será que las plantó el Espíritu Santo?
Lo revelado ayer por la Comisión de Investigación de Abusos a Niños en Irlanda nos revuelve el estómago de nuevo. Tantos casos, tantos años, tanto daño.
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